Política y fanatismo

¿Qué tienen en común los fanáticos religiosos y los políticos de hueso colorado? Principalmente, que solo creen lo que quieren creer. No importa con cuantas pruebas históricas, arqueológicas o de cualquier tipo llegue uno con un católico de abolengo que digan que la Biblia es una colección de mitos este jamás aceptará la evidencia y se acogerá a sus creencias. Y es que cuando alguien cree ciegamente en algo es muy difícil –si no imposible– hacerlo cambiar de opinión; cuando se trata de creencias cada quién tienen la Razón y la Verdad Absoluta.

Al parecer con los políticos y la gente allegada a la política es lo mismo: después del triste espectáculo que Felipe Calderón y López Obrador hicieron la semana pasada respecto a la elección presidencial aclamándose prácticamente al mismo tiempo ganadores cuando aún no había un resultado definitivo –y que al parecer aún no lo hay– todos sus seguidores aceptaron sin duda que su respectivo candidato ya había sido electo.

Evidentemente, uno de ellos estaba equivocado: hasta donde me quede solo puede haber un presidente cada seis años. Claro, trátenselo de explicar al montón de gente que está detras de ellos y al final del conteo escucho quejas –no sólo del PRD, sino también de otros partidos– de “que la elección estubo arreglada, de que hubo prácticas ilegales de venta y coherción del voto, que el sistema de conteo fue manipulado…” y la mitad de las quejas que he escuchado (vox populi) no tienen el más mínimo fundamento.

Si realmente el candidato del PAN ganó limpiamente o si efectivamente la elección estuvo arreglada al final cada quién creerá lo que quiere creer, hasta las últimas consecuencias. En este escenario no hay espacio para la razón, solo para sentimientos y creencias.

¿De qué sirve entonces tener arbitros si no podemos o queremos confiar en su imparcialidad?

El resultado final es que México se perfila a otros seis años de demagogia con un presidente que sólo tuvo el apoyo del 35% de la población votante (¡menos del 20% de la población del país!), las instituciones y su credibilidad quedan dañadas y la sociedad queda dividida, polarizada y furiosa al sentirse timada una vez más.

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