Mercadotecnia de changarro

El sueño de muchas personas es, en algún momento de su vida, poder tener un negocio propio. Las razones varían: algunos quieren tener algo suyo, otros desean sentirse responsables y en control de lo que hacen, algunos lo hacen porque prefieren ser sus propios jefes en lugar de responderle a un superior inútil e incompetente y otros cuantos solo para poder decir que lo hicieron. El punto es que tener un negocio propio parece que da puntos extra en la escala social y un pequeño bono para la autoestima.

¿Pero que más se necesita, además de tener el firme propósito de hacerlo? Muchas cosas que algunas personas no están dispuestas a sacrificar: tiempo, dinero, noches sin dormir, seleccionar, contratar y capacitar personal, pagar impuestos, vacaciones, aguinaldos, invertir en equipamiento y muchas otras cosas.

Algunos pequeños empresarios logran salir adelante por suerte o fuerza de voluntad. El resto se arrastra humildemente a la servidumbre alquilada de la que salieron y los demás se vuelven changarreros.

Un changarro es algo similar a un negocio, excepto que se maneja como puesto de mercado. Sus dueños se aferran a él pero nunca le invierten, nunca lo promocionan y nunca hacen nada para que crezca. Un changarro es en lo que se convierte una microempresa con dueños avaros e ignorantes que tienen miedo a crecer. Tristemente en México este tipo de negocios (y de ‘empresarios’) polulan por todos lados, y en lugar de volverse una alternativa real para la economía se han vuelto una carga para la sociedad al tiempo que la estanca en la mediocridad.

Esta es la forma en que funciona un changarro:

Primero, se inicia con todas las buenas intenciones del mundo, con sueños enormes, espectativas muy altas y, casi siempre, con ideas poco originales que cubren necesidades básicas. Cosas como ‘voy a poner un restaurante, pero con las recetas de mi abuelita’ o ‘voy a hacer páginas Web como hacía en mi último trabajo’ son típicas en el nacimiento de un changarro.

Al poco tiempo el microempresario se da cuenta que la vida real no esta sencilla: hay que realizar trámites, los empleados faltan o no son buenos, la clientela se queja. Todo lo que tanto le criticaban al jefe previo cae como un yunque sobre el ánimo de estas personas, y el negocio no levanta como se esperaba. Las ilusiones rotas son el peor lastre que existe para un negocio.

Con el corazón hecho trizas (¿o era el ego hecho trizas?) el empresario empieza a recortar cosas ‘superfluas’ como el pago de impuestos, permisos, derechos de autor, prestaciones a los empleados, mantenimiento de local. Quita aquellas cosas que no le funcionan y sube el precio a las que sí y se la pasa escondiéndose de sus proveedores y clientes. Si las cosas van muy mal busca un trabajo para mantener al negocio, por aquello de la dignidad profesional.

Al final, lo único que desea es que alguien les compre su changarro o que este sobreviva lo suficiente para mantenerse a sí mismo, mientras culpan a sus amigos y familiares de que nunca le compran nada y odia a sus competidores a quienes culpa de su suerte.

¿Horrible, eh? Es como haberse portado bien toda la vida para acabar en el purgatorio.

Las intenciones no bastan. Para poner un negocio exitoso no basta tener un local en una ubicación excelente, ni tener el monopolio del producto/servicio que se ofrece. Ni siquiera la tan mentada ‘Calidad’ aplica en estos casos como único factor de éxito. El éxito en un negocio no aparece al segundo día de operaciones tampoco, por mucho que se le rece a Dios, la Virgen y a San Charbel.

Un empresario deberá tener visión y tenacidad, una meta clara y bien definida en términos de tiempo, dinero y espacio. Deberá tener la cautela de tener planes alternativos de acción y la confianza en su personal para delegar tareas, deberá manejarse con transparencia y honestidad para no hacer ‘cosas buenas que parecen malas‘; deberá escuchar opiniones ajenas con un sentido de crítica honesto y sabrá pedir (y aceptar) ayuda cuando la necesita, sin falsas modestias ni bravuconerías.

Se que hay muchos otros factores que intervienen en el éxito o fracaso de los pequeños negocios como la corrupción en el gobierno, las mafias de grupos de empresarios y sindicatos, la falta de certezas en la economía y la competencia desleal de pequeños y grandes competidores. Pero echarles la culpa no es una excusa válida para solapar las faltas de los changarreros.

Lamentablemente, conozco pocos casos de negocios que empezando pequeños hallan podido crecer y mantenerse con éxito. Mientras, los changarros que venden servicios y productos de tercera categoría saturan los mercados, y la economía se va por un caño.

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